by Iván Sánchez García-Mora
Más pequeño que tú y yo,
más pequeño que la vida,
más pequeño que los besos,
incluso más que la brisa
que corre en los veranos
huyendo entre estrías
de cálidos rayos de sol:
descubrió la ciencia
esos ínfimos átomos
que surcan esa sonrisa
sobre suaves suspiros
que mi corazón abrían.
Sobre tus celestiales
ojos estelares fluía,
no el eterno universo,
sino la breve química
que en átomos se mueve.
Del mundo su energía,
de los protones la carga
eléctrica –positiva–.
Vibrando vuestros labios,
mi triste mirada sólida
solloza porque nuestros
átomos no se tocarían.
La nube de electrones,
de amor es suicida,
nos repele y separa
hasta el fin de los días.
Falleció mi joven primavera,
falleció entre fuertes tormentas.
¿Quien su epitafio leyera?
No quedan de las flores opulentas
de la infancia esos sueños,
anhelos, son de sus señas exentas.
Eran esperanzas que, como leños,
arden en las ascuas de hogueras
de novicios náufragos risueños.
Eran chispas cálidas que vieras
la fría noche como las estrellas
más brillantes, aun si lloviera.
Eran las rosadas nubes más bellas
de un atardecer del paraíso.
Esas son de mis sueños las huellas.
Mas, ¿dónde se fue aquel aviso?
Las coloridas flores de la vera
tras la tormenta ya no las diviso.