Arcanos mayores

by Diego A. Guerrero Medina

Arcanos mayores

(En memoria de Maiiky Trauma)

Anoche vendí mis antirretrovirales y me compré una bicicleta
porque es la única manera en la que me atrevo a andar a ciegas,
y, aunque conozco las líneas de mi mano, las salidas de emergencia y la debilidad del fuego, lo cierto es que ya no espero a que el semáforo cambie de color,
bien decía Julio Torri: “ser ciclista es ser aprendiz de suicida”.

Mi dolor no es un grito de ayuda,
tampoco una invitación para hacer molotovs mientras tomamos el té,
es un dolor de muelas, la tumba de un amigo, el tatuaje de un beso en el culo,
un canario podrido en el campanario de mi pecho,
y la prueba de que sólo los salvajes escriben poesía.
No busco milagros
me limito a oler una rosa, quemar libros y besar desconocidos
porque la muerte es consecuencia de la primavera,
así como que mi piel es el evangelio apócrifo de un dios menor.

Soy sólo una bomba que se muere de frío,
mi sangre está inunda de un enemigo extraño
su sombra me descubre espiándolo en el espejo,
a veces nos vemos cara a cara:
es la muerte que aguarda a que la convoque,
asustada de mi ausencia de miedo empuña su espada todas las noches
y aunque sé que he perdido esta batalla,
la última y definitiva,
entre dragones y san jorges,
yo canto mi canto de ave seguro de mis alas,
porque nunca me dejó de dar vértigo que el cielo sea azul
y que haya algo en vez de no haber nada,
no es casual mi adhesión al sindicato de floristas del mal,
sólo espero que mi corazón no se manche de sangre.

Ahora que el sexo me parece panfletario entiendo a Maiiky Trauma cuando me dijo
“el pene es la espada con la que ganamos las batallas pero perdemos la guerra”,
porque muero un poco en cada orgasmo
y sé que mi corazón no es a prueba de balas después de todo,
pero ¡Con qué devoción la maman los putos!

De la inmensidad del cosmos que se multiplica en nuestras pupilas y sentidos
bajo los psicodélicos efectos de un beso,
más que una constelación, una galaxia, un quásar o una supernova (arcanos menores)
el polvo de estrellas que me ha de servir de sepulcro es el recuerdo de ese heraldo eléctrico, pirotecnia neuroquímica, de la noche en que te apareciste cubierto de una desnudez apoteósica en el último vagón del metro y supe que eras el tipo de persona a la que se le podían hacer las preguntas importantes como, ¿qué prefieres, volar o ser invisible? ¿te gustaría que nos besáramos aquí delante de todos como si se tratara de nuestras bocas y no de nuestros pubis?

Todavía me nostalgias la piel cuando estoy a oscuras,
venenoso Adonis, te recuerdo leyendo a Cavafis, tus ojos azules como el Egeo,
y las brasas de tus labios y mi cuerpo, escabulléndose entre las sábanas, la ropa y ese libro que hicimos hojarasca, y entre tanto fuego éramos como auroras boreales, cautivas del arcano mayor del deseo.

Presiento, siento y me desbordo ante la silueta iridiscente de mi propia muerte,
no puedes salvar a tus amigos de sí mismos,
el mañana aún no es de nadie,
y a eso hemos jugado toda la vida.


Diego A. Guerrero Medina, (México, 1992). Poeta y activista gay. Su poemario Prometeo, ganó el segundo lugar del IX Concurso Internacional de Poesía Caminos de la Libertad. Autor de El llanto es un perro inmenso (2020), Una caricia sin venganzas (2024), ambos editados por Vitrali Ediciones, así como de Los obituarios de Patroclo (2025) por Dogma Editorial. Miembro del colectivo de poesía gay Novísimxs. También fue becario del PECDA (2024-2025) Estado de México.