by Victor David Manzo Ozeda
He visto a los mejores corazones de mi colonia desangrarse en la orilla, hambrientos,
manoseados por la patrulla, gritando mamá en lenguas que el oficial no supo aprender;
vi pupilas incendiadas tragar polvo de Arizona como si fuera hostia rotunda,
vi la Visa estampada en tatuaje negro sobre la piel curtida del jornalero que
sueña con maíz, bracero bíblico en la Walmart de otro Edén;
vi billetes de Washington flotar en el canal como peces muertos y un niño
arrojarse a cazarlos con la fe cansada de tanto rezar;
y la frontera, ese cordón oxidado, latir como vena hinchada pidiendo más sangre
mientras la luna, gorda y cruel, parpadea como foco rojo de burdel sobre el río.
Escuché a coyotes pactar con la luna el precio de cada aliento,
vi casquillos dorados brillar como luciérnagas misántropas sobre el fango,
conté cruces de madera clavadas en el lomo del camino
y cada una llevaba un nombre borrado por el viento de los telediarios;
vi a la muerte ofrecerle chicles al guardia migratorio,
mientras una abuela escondía rosarios dentro de su calcetín raído
y un corrido pirata rasgaba la radio policial
cantando que la herida también es un himno.
Manuel silba rancheras dentro de una máscara N95, recoge fresas carmesí que sangran
pesticida sobre sus manos como estigmas low-cost; echa de menos la lluvia del trópico,
aquí sólo hay chorro metálico del aspersor programado por algoritmo que jamás probó el mango;
la espalda escribe su propio capítulo del Éxodo, vértebra por vértebra, mientras el capataz
–descendiente de Ellis Island– ladra: «más rápido, más barato»; cuando el sol cae,
Manuel fotografía con su Nokia un cielo sin nubes, envía MMS a su madre:
«Mira, madrecita toco el cielo y no se rompe».
Por la noche duerme en una cabaña de plástico industrial,
sueña la mano grande de su padre empujando surcos húmedos,
sueña el silbido gordo de los sapos tras la tormenta.
Despierta con el zumbido mecánico de drones
que vigilan la plantación como ángeles de plástico;
reza un Padre Nuestro hecho de pesticida
y el aire lo bautiza con olor metálico.