by Angélica Labrada
Nunca imaginé que jamás saldría de mi ciudad. Tenía el sueño de la aventura por otros lares que se quedaron como películas pausadas en una cabeza llena de miedo ante la incertidumbre de pagar o no la renta; una familia que me jalaba en ese muégano de complicidades que se da con los hermanos, los que parecían ser adoptados y en quienes, de pronto, en el camino a la vejez, apreciaba por fin las similitudes incluso al estornudar.
Nunca imaginé que los edificios empezarían a erigirse ahí donde solo había piedras y matorrales ocultando lagartijas y culebras. Vi desaparecer los cerros pelones que tanto odiaba del paisaje desértico, preguntándome por qué razón mis padres habían elegido un lugar color ocre para buscar mejor vida, sin haber considerado un clima tropical color verde o azul, uno que nos hiciera sudar y no resguardarnos debajo de cobijas cada mes de enero.
Ahora el color es plata, grisáceo: el metal y los cristales de torres modernas se aprecian desde otros edificios que también se montaron en las raíces de aquellos cerros, montículos de tierra que le daban un toque de abandono y nostalgia a mi ciudad.
Nunca imaginé la bendición geográfica que habían elegido mis padres; pusieron todas sus esperanzas en lo que era más bien un pequeño pueblo, uno que sigue impresionando a los turistas al ver que estamos a metros de Estados Unidos, que ir del otro lado del muro es cosa de minutos, que los dólares y los pochismos son parte de los días, que trabajar allá y vivir acá es tan común como el café de la mañana, que celebramos Halloween y no las Fiestas Patrias, que el Palacio Nacional, ahí donde trabajan los presidentes, nos queda más lejos en avión que ir en carro a Disneylandia.
Nunca imaginé que vivir aquí fuera peligroso, al contrario, las noticias abusaban de una imaginada ciudad fronteriza que solo los oriundos podíamos entender; era mala fama, por lo menos en aquellos años en que podía salir sin miedo de los cholos, de los vagos: la gente sin casa que llegaba de cualquier lugar, porque solo iban de paso, descansaban, agarraban un poco de fuerza y continuaban su camino hacia el sueño americano.
Hoy, la bendición persiste, la casualidad nos puso con los gringos, ciudades importantes de ambos lados de la frontera que se pellizcan el ombligo casi a diario, en el ir y venir de un país a otro como si fuera al supermercado por tortillas. Pero también hoy la inseguridad se respira distinto, dejó de ser un rumor, se siente en la piel que se eriza al salir, al cuidar la cartera, al cerrar con doble candado, al instalar cámaras en carros y patios, al leer las noticias del día y confirmar los balazos con los vecinos que también los escucharon. Un miedo nuevo que no sentí de niña y, a pesar de ello, mi tierra sigue albergando hordas de migrantes que llegan con hambre, en busca de una mejor vida para ellos y los suyos.ç
Así que nunca imaginé que irme de mi ciudad fuera una opción, porque nací sin opciones, sin abuelos cercanos o lejanos, porque aquí se podía comer y de donde vino mi familia era difícil conseguir el pan. Porque a pesar de todo, casi cincuenta años después, la gente sigue llegando a instalarse en la bondad de una tierra que antes tenía cerros: cerros pelones, formados de tierra suelta, piedras, algunos matorrales y muchos reptiles.
Nunca imaginé que la ciudad se convertiría en una de las más importantes del país, porque nacimos lejos de la capital, del metro, de los chilangos, de Los Pinos, del teatro, del Chavo del Ocho, del Templo Mayor, de las tortas de chilaquiles, de los tacos de a peso, de los libros baratos, de los escritores famosos, del clásico nacional y del grito de independencia. Eso existía en los periódicos, en las noticias que se escuchaban por radio y que, a veces, se podían sintonizar con imagen cuando las primeras señales de televisión abierta llegaban hasta nuestra casa; o en testimonios que nos parecían cuentos lejanos de gente sin tierra que pasaba por aquí y nos hablaba de un tren subterráneo al que llamaban metro.
Tampoco imaginé que moriría aquí; sin embargo, el final se acerca cada vez más y mientras el cabello se pone blanco, el vientre se abulta y las piernas se acortan, se extraña, como a un amor del pasado, las calles que me vieron crecer, los caminos de tierra sin luz eléctrica que nos dejaba dormir en absoluto silencio en la periferia de la ciudad; un silencio de antaño, imposible ya.
Nunca imaginé que me sentiría orgullosa de haber nacido en una frontera que cruza sin visa el olor de las hamburguesas con queso, y los churros con azúcar y canela.
Nunca imaginé nada, como si hubiera vivido en modo automático sin pensar en lo que quería o no. Lo que sí recuerdo es la insolencia de mis años jóvenes que me hizo creer que había nacido en el lugar más feo y el más lejano a cualquier nota importante de un país que quizá no era el mío.
Ahora lo tengo seguro en una cabeza llena de anticipos, confiada en una incertidumbre cada vez menos preocupante y de un excelso futuro menos añorado.
Quedarme aquí fue la mejor decisión, aunque no la haya imaginado: vi llegar el futuro, la modernidad, el presupuesto federal y, por fin, también el teatro, los libros, los escritores, los vuelos baratos a la capital para saborear de primera mano los tacos que aquí se siguen vendiendo en dólares.
De todo lo que pude haber o no imaginado, nunca esperé que al final de mis días amaría con fuerza a mi ciudad y que, sobre todo, extrañaría mis cerros pelones.