by Diana Thalia Jiménez Martínez
Dime qué comes y te diré quién eres, reza una frase popular que se refiere a los hábitos alimenticios y a la relación de estos con la salud de las personas. No solo eso, la comida nos dice mucho sobre una persona y su contexto. A veces también sobre las heridas que carga consigo.
Tengo una amplia lista de todas las cosas que no me gusta comer: las hamburguesas, el helado, el pollo, las albóndigas, el picadillo, el mole de olla, la gelatina, el refresco, los caramelos macizos, el bistec, el jamón; son sólo algunas de las que me disgustan. Varias tienen razones: por una parte, algunas me recuerdan a la comida que me daban en el hospital, las múltiples veces que me encontraba recuperándome de la radiación o de diversas cirugías, pero otras tienen motivos distintos, como el pollito que tuve de mascota cuando era niña, las veces que me mordí la lengua mientras comía, o que me enfermé del estómago y le atribuyo la culpa a ese alimento.
Muchas no tienen motivo, solo no las tolero.
Sin embargo, soy comedora social. Esto significa que casi por regla, solo disfruto el acto de comer cuando estoy acompañada. Del mismo modo, puedo consumir la mayoría de los platillos anteriores, siempre que esté junto a alguien, y mucho más si esa persona me anima a hacerlo. No siempre fue así.
Mis hábitos alimenticios cambiaron radicalmente cuando entré a la universidad y comencé a vivir sola. Los primeros meses me di cuenta de que me daba tristeza comer sin compañía, entonces, como si la comida fuera fuego y yo estuviera aprendiendo que este no se toca; dejé de comer y me reservé el hambre para los momentos compartidos con mis amigos.
Mi conflicto al ser comedora social no es que no quiera subir de peso. Jamás he pensado en eso cuando omito alimentarme por una tarde, una mañana o un día entero. Sucede que lo que más deseo de la comida es la compañía, el calor de la conversación, las risas cómplices, el afecto de las miradas. Me parece un despropósito comer en soledad y omitir todos los pequeños milagros de sentarse a la mesa con personas queridas o incluso desconocidas que pretenden compartir unos minutos.
Dime qué comes y te diré quién eres, dice el dicho. Pero, ¿qué pasa con los que a veces nos mostramos incapaces, en qué lugar quedamos y cómo nos definimos?
Hace un par de años pesaba diez kilos menos que ahora y los doctores que monitoreaban el progreso de mi recuperación de la radiación, se encontraban preocupados. Estaba triste. Pasaba días enteros sin consumir más que café y agua. Cuando metía algún alimento en mi boca y lo sentía mezclarse con la saliva, casi por instinto las arcadas comenzaban a surgir como ondas expansivas, invadiéndolo todo. Sin embargo, esos mismos días, al volver a casa, al sentir el abrazo de mi madre, podía comer en una tarde más de lo que había comido en días enteros.
Intenté arreglar la situación con terapia durante un par de años. Funcionó en cierta medida. Comencé a comer más, pero también me mudé con amigas que me acompañaban en los desayunos o las cenas. Entonces hice otra lista, distinta a la larga recopilación de platillos que detesto.
Esta enumeración contiene alimentos que me gustan sólo porque los adoraba alguien a quien amaba o amo mucho: las aceitunas, el huevo, el flan, las pastillas de menta, los rábanos, la cebolla cruda, el ajo, la mostaza, el ceviche de lenteja, el té de manzanilla con albahaca, los hot dogs, la pizza, la lasaña, los mariscos, los tlacoyos de haba, entre otros. Ingerir alguno de ellos me recordaba a la persona que había querido y me hacía sentir acompañada. Incluso ahora, en los días en los que no tengo nada de hambre durante horas, hago un esfuerzo y como algo de esto. Me siento feliz, puedo masticar con gusto, con deseo. Aunque a veces no exista el ritual de compartir la mesa con alguien, existen los recuerdos de las sonrisas, de las onomatopeyas de disfrute, de las miradas centelleantes ante lo que tenemos enfrente.
A veces me gusta comer donas, porque me devuelven las manos y la mirada de un exnovio mío a quien quise muchísimo. Comerlas, es un acto de memoria, es darle a esa pieza de pan la capacidad de llevarme a un momento en el que fui feliz.