by Diego Del Aguila
Soy un sonámbulo.
Camino por las calles,
dormido, exhausto
de mi propia ciudad.
Soy un sonámbulo,
elegido, intacto,
ausente de mi propio cuerpo,
un pájaro que ha perdido
la voluntad de volar.
Soy un sonámbulo perdido,
gritando en bares y patios y refugios circulares,
gritando al mar y su rotundo rótulo de aire,
gritando al juego de espejos en cuyos ojos mi reflejo
deposita unas lágrimas,
y demanda excesos de piedad.
Soy un sonámbulo ambulante,
ambivalente ambicioso,
dormido caminante,
jinete de aguas indomables,
jinete que ha cerrado los ojos
y ha dejado galopar
a la luna y su violenta soledad.
Sobre mis ojos se avecina,
como la leche posada en la película al fin del sueño,
como un redoble de tambores que ha sido abandonado,
la inacabable catarata del olvido.
Habíamos perdido las esperanzas.
Desconfiábamos de los cuerpos
de las mentes, los soles
y los animales.
Desconfiábamos de los puentes,
las metáforas
y la localidad de las estrellas.
Fácilmente podían ser —las estrellas—
orificios apuntando hacia afuera de un sueño,
un espectáculo, una metáfora,
un susurro recordando una condena.
Fácilmente podían haber sido
el accidente de un psíquico
o el estornudo de un borracho.
Habíamos dejado de intentar.
Todas las noches, pasado el atardecer,
—atardecer que veíamos, por supuesto,
con suma sospecha—
mi cuerpo temblaba mientras cepillaba sus dientes,
tú rezabas y pedías misericordia
y ambos, como clausurando con resignación un tango,
nos deseábamos los dulces sueños.
Se diluían entonces las piernas y los sesos
perforando el líquido colchón de leche,
dejando un rastro inerte, vacío,
la nocturna silueta de cuerpos ausentes.
Y viajábamos entonces, solemnes,
autónomos soñadores, creadores
de privados lenguajes y tiempos.
Me vomitaba el sueño en Arcadia
y me arrastraba luego a las orillas del Egeo.
Visitaba viejas amistades en extrañas vestimentas,
y algunos reían en nombre de la muerte.
Yo, sin embargo, callaba en nombre de la ciencia,
con la ilusión de algún día comprender,
ante el pronóstico de los eruditos,
la indescifrable lógica de los sueños.
Y entonces abría puertas y descendía barcos
y cuando me vi en un espejo noté,
sin culpa,
que había estado residiendo
—contra mis recuerdos—
en el cuerpo de una mujer.
De estos sueños me despertaba exhausto
y tú también me mirabas como después de haber muerto
y me decías que por fin lo entendías,
que por fin sabías el secreto que buscábamos,
que por fin podías confiar en los cuerpos
y en las mentes y en los animales.
Y yo esperaba atento:
un sonámbulo con los ojos abiertos.
Y tú: verás, verás,
eso que has querido comprender,
eso que has querido rastrear
y mapear con perfección: eso, sí,
a lo que llamas identidad
y que tanto te ha atormentado:
no se descubre atendiendo a los contornos de tu piel
ni de tu mente,
ni de tu infantil discurso:
eso que dices
y eso que callas,
y eso que pretendes olvidar.
Verás, verás, me decías,
—y los orificios que eran las estrellas temblaban
y los animales se reunían a nuestro alrededor—
Verás, verás,
los verdaderos contornos los redescubres cada noche:
en la desnuda y cambiante
área limítrofe de tus sueños.
Habíamos perdido las esperanzas
y habíamos dejado de intentar,
y esa noche soñé que veía mi cuerpo
desde el balcón de enfrente
fumando un cigarrillo:
yo era el humo atropellando las estrellas.
Nos despertamos, aún, dudando las metáforas,
sabiendo que el sueño no es un símbolo
sino un campo de juego, un espacio de aventura.
Infinita aventura la del sueño,
e impresionante que, si una libreta permite,
puede uno llevarla en el bolsillo.