Una piedad

by Luis Fernando Cordero Torrico

UNA PIEDAD

(Poema teatral)

Personajes:

  • Monje encapuchado
  • Albo

Prefacio al poema teatral

Hay en absoluto un tono silencioso que corta como navaja, (habitual ya que anteceda a la creación), pero así y, de todas maneras, el que tiene que romper el silencio, entra y rompe el silencio. Y así obra el todo, que es la palabra.

[Por el foro izquierdo irrumpe un monje encapuchado, para leer de un pergamino lo que viene a continuación, luego se irá]:

“Albo se encuentra solo en medio del escenario”.

Es todo lo que debería decirse y nada más, acto seguido, correspondería cerrarse el telón de la vida y apagarse la luz, pero es meramente tendencioso volver al silencio, que, dicho sea de paso, siempre antecede al verbo.

Pero entonces debería proseguirse diciendo lo siguiente:

Albo se encuentra arrodillado y con la cabeza inclinada.

¿Y qué es eso, sino adoptar una postura? (Cabe aquí hacer un paréntesis para referir que el personaje salió de la nada, está en la nada, ocupando el lugar de la nada). Y que no se representa de otra manera como no sea de sosiego, como si estuviera orando.

El escenario, por otro lado, y formando parte de ese todo que es la nada, a expensas suyas, es totalmente oscuro y, por lo tanto, no resalta ningún elemento visible en la escena. O invisibiliza la escena. Durante la invisibilización de la escena ocurren ciertos pensamientos ensimismados a modo de acontecimientos.

Antes de dar paso a los mismos, cabe hacer algunas puntualizaciones más como, por ejemplo:

  • Que, la indumentaria de Albo consiste en un saco negro de hilo con capucha en la espalda.
  • Que no es para lamentarse, pero de fondo lleva una chompa (suéter) vieja de lana de color claro.
  • Y que, por obvias razones, no queda más que complementar el adefesio con un pantalón envejecido también de color claro.
  • Y no obstante que no hay belleza que mostrar en todo esto, trae el cabello alborotado y la barba desaliñada.
  • Finalmente, al desaliño, se ajustan unos zapatos maltratados que parecen pesar al caminar.

Pero lo verdaderamente pesado está en otro plano. El alma de Albo, que es donde verdaderamente reside la vergüenza, esa que desespera, que almidona su vida carente de valor, dicho peso le roba la voluntad de prever una tabla de salvación, dentro de las tablas mismas.

Y, por lo tanto, debe caer una y otra vez en las tablas como un ajusticiado, como un penitente que clama:

Albo Una voz te habla, Rosaula ¿Me escuchas…?

Y la aludida es el silencio mismo, es la que mira, es la que se confina en el cuarto, la que se consagra a la labor porque prefiere evitar todo pensamiento ensimismado que pueda denotar acción en la escena.

Y entonces laborar se convierte en una actividad a través de la cual intenta salvar su propia vida a base de remiendos.

En tanto que el personaje solo se deja caer una y otra vez, la vergüenza no solamente lo reviste, sino que lo encarna, le quita vitalidad, le carga peso extra sobre el cuerpo que no está, que no tiene. Pero que, a pesar de eso, reviste, disfraza, disimula.

Albo Y ante la imposibilidad de todo, ¿dónde está el hombre?

Y, como buen simulador, agrega algunas otras cosas más. Una fuerza evocadora en la voz, una forma alusiva con la que trata de ocultar inútilmente, dicho sea de paso, el lamento, que para que quede expresado fehacientemente, de ahí en más, debe dar paso al silencio.

Llegado a este punto de la inexpresividad, el personaje debe ser aniquilado por la oscuridad total y absoluta, el silencio debe de volver a tomar el recinto, como en un principio, antes de la creación. Y, sin embargo, tras una breve pausa puede que se den los aplausos.

En toda obra de teatro, donde debe ir anotado: (aplausos), debería más bien escribirse: (censura).


ACTO ÚNICO

ESCENA

Albo Rosaula me dejó un abrigo negro, negro su cuerpo, negros sus ojos, negro su pelo, negro el verano quejumbro, quejumbro dejó. (Hace pausa y se pone de pie). Rosaula me dejó un abrigo negro con el perfume de su cuerpo, desnuda…, solía ceñirlo a su cuerpo lentamente, para luego dejarlo sobre la cama en la que me dormía.

Rosaula es una diosa mortal que no tiene cuerpo.

Rosaula está llenita de pena, la pena se esconde en ella y, por no hallarse descubierta, la tiene solitaria. La pobre Rosaula ¡Aguanta! ¡Soporta! Y a veces enjuga sus lágrimas con una sonrisa.

Rosaula sabe que mi corazón no late y por eso me dejó; ella adivinaba, ella con sus ojos alcanzaba mis palabras y con sus lágrimas decía sí, afirmaba… y aceptaba que en mi corazón no había nada ¡Ni un ápice de ternura, ni flores frescas de colores, ni un puñado de chocolates, ni dulces frutas!

Por la forma de mi voz en el silencio, adivinaba que el fondo de mis palabras era un paraje deshabitado, vacío, hueco y sombrío. Donde mis palabras, como imágenes abandonadas, temblequeaban desoladas.

Rosaula sabe que mi corazón no late y por eso me dejó.

Rosaula sabe que hablo mucho y por eso me escucha; sigilosamente, yo la busco por el camino que mi voz alcanza, envuelta en el viento nocturno que chifla.

(Una luz se enciende entre el centro centro y el centro derecho, al mismo tiempo que silba tímido el viento y suavemente cruza por medio de su ropaje. Albo se acerca a la luz como a un confesionario y, con un tono casi confidencial, habla).

Albo Una voz te habla, Rosaula, ¿me escuchas…? Hija de tus manos ajadas, no labores más tu pena ¡Escúchame! (Haciendo pausa, se aleja de la luz y esta desaparece abruptamente).

Ella me reconocerá por el olor a torta que he dejado. (Se sume en la nostalgia). No sé si reír o ponerme a llorar por ti, ¡oh!, triste recuerdo. Su madre me preguntó: ¿Y cuándo comemos torta? Yo le dije: ¡Nunca! Y me llevé la torta corriendo… Solo quedó el olor a torta y, por el olor a torta en sus manos, ella me reconocerá.

Por sus manos, por la torta, por sus dos manos en la torta, por sus dos tajadas de mano. Dos manos, dos dedos, dos tajadas de torta en un solo cuerpo, las dos manos, las dos tajadas de la torta en sus dos dedos, en la torta… impregnando en su cuerpo… el olor de la torta.

Pero, aun así, ¿me escuchará oliendo su cuerpo?, ¿me verá?, o ¿no me reconocerá? (Le vuelve la nostalgia). ¡O quizá ignora todo! El olor de la torta, la forma de mi voz, su cuerpo; después de todo, Rosaula es una diosa mortal que no tiene cuerpo.

Pero su madre olfateará por ella y le dirá: ¡Allá está, pues, el canalla, ese pajpaku¹ que se lo llevó el olvido! (Se agacha apenado y hace pausa).

Pero después de todo, su madre es buena. ¡Buena con quien al bueno se hace! ¡Y yo no quiero ser bueno, ni quiero ser malo! Quiero ser hombre, nomás.

Por ese mi deseo, una piedad pedía Rosaula ¡Una piedad para mí!

Pero una inevitable fuerza en mí estaba, una terrible fuerza que me impedía ver para conocer, amar para hacer; una temible fuerza que no me dejaba seguir cuando quería… y así, no me dejaba estar tranquilo con mis ideas, en paz con mis palabras, ¡jamás! Yo aspiraba a más, pero cuando tomaba el arpa no quería. Mis manos no llegaban a tocar y mis ojos no llegaban a ver, todo era inalcanzable. Y al final, me pregunto si el hombre no es todo palabras, todo ideas, si después de todo el hombre no es música, pintura y matemáticas…

Si no es amigo, amante, sueño, historia y costumbres. (Pausa).

Y ante la imposibilidad de todo, ¿dónde está el hombre?

(Camina lentamente, conduciendo sus pasos hacia un angosto muro falso ubicado en foro izquierdo, el cual atraviesa por detrás mientras continúa su alocución y se detiene por unos minutos en el borde posterior del mismo hasta la pausa).

Albo Entonces me alejé a la sombra y al olvido de todo; por esa fuerza me mantuve atrapado en un cementerio de piedras, sintiendo cómo corría por mis venas. (Pausa y sale del borde del muro hacia el centro centro).

(Habla espantado). La noche fue una noche inmensa, irremediable. (Sale del fondo oscuro como atolondrado, como si estuviera huyendo de alguien o algo). Una noche con asco y con sangre seca. (Se oyen vagamente unos lamentos que se confunden con el viento).

El ángel de las adivinaciones ha venido a despedirme en la noche. (Hace ademanes de buscar con sus manos como un ciego). Yo miraba sus ojos distintos, cómo se alejaban, cómo mis ojos dejaban de ser ojos y mi mirada me apartaba de todo. (En tono medio de meditación y lamento). Calladito nomás me he recibido mi suerte.

Y no me quedó un espacio para los ojos de Rosaula, para los ojos más contemplativos cuando sale la luna con unas palabras titilantes que llenan de deseos y de suspiros, todo ese aire de soledad en el que se hace ausencia, (mientras habla, contornea una figura femenina con sus manos, manteniendo la misma actitud de ciego) ausencia sus ojos, ausencia sus manos, ausencia su pelo, ausencia su cuerpo; porque ella es una diosa mortal que no tiene cuerpo.

Solo ese espacio de soledad, ese espacio de pena, ese espacio (titubea) de mí en su cuarto, mientras madriguea con sus animales y se pone a laborar sus cositas esperando la madrugada. Entonces, la madrugada, entra a su cuarto con un frío (tirita) calador (entristece) y sus ojos se mojan.

No comprendo para mirar sus ojos (como rectificando lo que dijo con rabia y casi masticando las palabras), si para mirar sus ojos primero tengo que mirar sus lágrimas. Sus lágrimas en la almohada, sus lágrimas en las manos, en un tubo, en un hilo, en una aguja que anda haciendo venas en los brazos de la noche para llegar hasta la cabeza de los chapis² donde llueve y moja. (Ladridos se escuchan a lo lejos).

No comprendo si todas las lágrimas que corren por sus venas quieren llegar hasta las piedras que corren por las mías. (Encorajinado llora) ¡Y para qué tanta piedad tuviste conmigo! ¡Para qué tu corazón encendiste conmigo…! (Cae de rodillas). Por eso quiero llegarte esta noche y decirte (nuevamente se enciende la luz a su costado, la mira y acude a ella, habla con tono confidencial). Una voz te habla, Rosaula, y te pide perdón. Perdóname, perdóname, Rosaula… y ahora… en esta hora cierta, (cruza los brazos en su pecho) acoge el frío de la noche en tu cuerpo; es mi frío también, acógelo… Y cierra tus ojos con los míos. (Agacha la cabeza y se apagan todas las luces del escenario).


TELÓN FINAL

(censura)


Notas:

¹ Nace del quechua para referirse a los vendedores callejeros, pero en la actualidad se utiliza para referirse a aquellas personas que cautivan a los otros con su lenguaje sin decir, necesariamente, alguna cosa siquiera coherente.

² Bol. Perro de porte pequeño y pelaje generalmente blanco y sedoso, ojos y nariz negros, es considerado un excelente perro de compañía.


Luis Fernando Cordero Torrico (Bolivia, 1978). Escribe: poesía, relato, microrrelato, epístola y cuento. Funda y dirige la revista de poesía “Margen de Luz” del 2020 al 2022. Obtiene el segundo lugar en el certamen: “Cuentos de terror”, lanzado por la editorial argentina “Laia” (2023). Amplia participación en antologías, revistas internacionales.